Bellas Artes renovado, con sus salas pintadas de colores audaces

2 04 2011

Paredes rojas, turquesas, verdes, hacen ver de un modo nuevo las obras del Museo Nacional de Bellas Artes que se viste de fiesta, porque está pintando sus salas de colores brillantes, vibrantes, algo muy por fuera de lo convencional y nunca antes ocurrido.

El cambio de cara estará listo en su totalidad dentro de unos 45 días. Aunque si uno acierta a echar un vistazo por detrás de la escultura del “Doríforo”, entre los telones que cubren la entrada a la colección del Museo (actualmente cerrada al público), ya puede observar que la mayor parte de las salas está muy cambiada. En ellas, el lifting-conceptual por colores ha comenzado.

Las salas que se pintaron hasta ahora son la de escultura francesa del siglo XIX (que es la sala que recibe a los visitantes cuando comienzan a recorrer el Museo y donde está El beso, de Rodin), la de arte barroco, las de arte flamenco y holandés, la de pinturas europeas del siglo XVIII, la de los Goyas, las de pintura italiana y francesa del siglo XIX y una de las más visitadas de todas: la de impresionismo y post- impresionismo (esa que muestra los Van Gogh, Renoir, Manet, Degas, Tolouse Lautrec… grandes nombres de la pintura).

“Sólo falta pintar algunas salas más y pronto inauguraremos el Museo en su nueva versión”, comentó Guillermo Alonso, director del Museo y principal impulsor de estas renovaciones.

¿Pero acaso es tan importante agregar o sacar color a unas paredes? Tratándose de museo de Bellas Artes el cambio es fundamental. Porque induce al público a conocer grandes obras de la Historia del Arte de una manera distinta a cómo se las venía conociendo hasta ahora.

Tan grande es el cambio, que si usted camina entre las salas renovadas –ahora multicolores–, puede llegar a pensar –como me pasó a mí– que los trabajos que se exponen son nuevos. Sin embargo, las obras son las mismas que estuvieron colgadas siempre. A tal punto es de grande la potencia del binomio “color-espacio”. Juntos, producen una experiencia fuerte a nivel físico.

Los cambios

En la sala 10, la primera que uno aborda cuando entra al Museo, se pintaron las paredes de azul profundo. Esto hace que las esculturas de mármol blanco que contiene se recorten en el espacio de manera drástica. Además del color, en esta sala también se cambió el nivel en que las obras están exhibidas: se pusieron todas sobre tarimas diseñadas a una misma altura, que es mucho más baja que en el pasado. Esto hace que el diálogo entre el espectador y la obra sea mucho más íntimo, máxime teniendo en cuenta que las esculturas tienen casi escala humana.

“El desafío siempre fue que cada sala presentara una propuesta de color diferente, pero a la vez, que la paleta no se transformara en un carnaval”, explica Valeria Keller, del equipo de museología del Bellas Artes. “Por eso decidimos poner gris en algunos pasillos y salas, para neutralizar la vista, sobre todo alrededor de la sala barroca (que se pintó de un color borravino), alrededor de la que tiene las esculturas impresionistas (la sala 10) y la de los Goya (que es roja, con un solo panel pintado de naranja). Respecto de esta sala, decidimos pintarla de esos colores para acentuar el dramatismo de las pinturas de Goya”, explicó Keller.

La sala impresionista, mientras tanto, está pintada de verde. ¿La razón? Los impresionistas salían al campo a pintar y el color remite al verde del paisaje.

“Los colores de cada sala tienen que ver directamente con las obras que contienen”, comenta Florencia Galessio, del equipo de Investigación. “Por ejemplo, en la sala del Siglo XVIII, se eligió el turquesa porque es el color presente en la mayoría de los textiles que aparecen en las obras de esa época. Por otro lado, el turquesa destaca los magníficos marcos dorados de la mayoría de estas pinturas.”

“Es una tendencia mundial, la de tener colores fuertes en los museos”, explica María José Herrera, Jefa de Investigación del Bellas Artes y responsable, junto a su equipo, del guión curatorial que definió los cambios de color. “En el Museo del Prado la sala que tiene las obras del Siglo XIX es de rojos oscuros. En la museología internacional se usa mucho la división espacial por color, pero como una cosa comunicacional: voy a la sala azul, a la verde, a la turquesa…. Tiene que ver con ofrecer al espectador los cuadros con un mismo guión curatorial pero en un entorno distinto. ¿Las razones? Van más por el lado de lo pedagógico que de lo simbólico”.

Hay otra innovación que el Bellas Artes está planeando para la próxima reapertura de estas salas: pasar permanentemente música ambiente, escrita por autores de la época que cada sala representa.

Todo este “combo museológico” de renovación producirá cambios en el espectador: con las salas pintadas con colores a los que pocos museos se animan y con la música de época bailando en nuestras cabezas mientras miramos las obras, la experiencia será distinta.

Estamos hablando de estructuras físicas, edilicias, que esconden otras estructuras y decisiones mucho más conceptuales e ideológicas. Ellas nos cuentan acerca de un deseo: ubicar a nuestro Museo Nacional haciendo punta en el plano museológico internacional. Cosa que, aún cuando sus recursos no sean millonarios es posible: hasta ahora, esta obra, que está al 70 por ciento de su realización, costó unos 650.000 pesos. Y en el Museo calculan que faltan unos 300.000 pesos más.

Los espacios expositivos guardan ideologías, que con el tiempo se revelan. Las del Museo Nacional de Bellas Artes están empezando a cambiar.

Antecedentes

Durante la gestión de Jorge Glusberg 1994-2003), las paredes del Museo de Bellas Artes eran blancas, tal como se venía usando desde los 70 en todos los espacios de exhibición que se relacionaban con el arte contemporáneo. El espacio-blanco estaba, también, en concordancia con una rama de la museología vinculada al famoso “cubo blanco” (esas salas o galerías de arte cúbicas, blancas, vacías, que aún hoy en día son mayoría), con la exposición del arte minimalista y conceptual en el MOMA hace unos cuarenta años atrás, y con una tendencia general de los museos norteamericanos.

En 2004, bajo la dirección de Alberto Bellucci, las salas de la colección permanente se pintaron de colores pasteles. Fue un tímido intento de cambio de discurso.

Fuente: Mercedes Pérez Bergliaffa, Clarín.


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