Orígenes de la nacionalidad argentina

19 02 2010

La historia regional es uno de los campos de trabajo que mayor interés ha concitado en los últimos tiempos. Desde México al Río de la Plata, y tanto en tiempos coloniales como contemporáneos, la conformación de las regiones es especial objeto de interés para los historiadores. Particularmente son abundantes los estudios de historia económica y social, pero también se desarrollan investigaciones de historia cultural o historia política, basadas en las nuevas perspectivas abiertas por el avance de la historia social contemporánea. Lo que expondremos nosotros a continuación pertenece a una investigación sobre la formación de los estados autónomos provinciales en la primera mitad del siglo XIX. Desde hace algunos años hemos estado realizando un estudio comparado de las características económicas, sociales y políticas de los estados del Litoral argentino, estudio que comenzamos actualmente a extender a otras provincias del interior. El texto que sigue, por otra parte, es una síntesis del trabajo “Formas de identidad política en el Río de la Plata luego de 1810”, que será publicado próximamente en el número inicial de la Tercera Serie del Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de BuenosAires.

Es posible verificar, luego de la Independencia, la coexistencia de tres formas de identidad política: la hispanoamericana, prolongación del sentimiento de español americano elaborado durante el período colonial, la provincial, asentada en el sentimiento lugareño, y la rioplatense (luego argentina), de más compleja delimitación. Aunque estas tendencias no han sido ignoradas en la historiografía del período, no se ha advertido suficientemente que el hecho mismo de su coexistencia reflejaba a la vez la ambigüedad en que se encontraba el sentimiento colectivo inmediatamente después de producida la Independencia y la dirección que seguía el proceso de elaboración de una identidad política dentro del crítico proceso de formación de los nuevos paises.

Mapa de América del Sur (1836) de H. Dufour, ejemplo de la denominación geográfica atribuida al territorio del Río de la Plata. Junto a Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia, la región correspondiente a la Argentina se designa "La Plata" y, más al sur, "Patagonia".

Tampoco se ha reparado en que esas tendencias pueden ser significativas con respecto al problema de las formas de sociedad y de estado existentes en la primera mitad del siglo XIX. A condición, eso sí, de considerar a los sentimientos americano y provincial no como residuos o adherencias extrañas a un supuestamente predominante sentimiento nacional argentino, aun ausentes hacia 1810, sino como formas alternativas de satisfacer la necesidad de organizar un nuevo estado que suplantase al dominio hispano. Pues es necesario entender la conflictiva coexistencia de estas tendencias como exponente de la falta de un soporte social definido para los proyectos de nuevos estados nacionales que la caída del poder ibérico hacia concebir; esto es, la no existencia de una sociedad, una economía, un mercado de contornos superiores a los del ámbito provincial. Y, por consiguiente, también la inexistencia de una clase social que excediese ese ámbito, con un grado de maduración del que carecían las burguesías mercantiles coloniales.

Entre los principales factores de confusión cuenta la tendencia a interpretar los movimientos de independencia como derivados de la maduración de una supuesta burguesía capitalista que habría necesitado romper la dominación colonial para dar rienda suelta a su desarrollo. En esta perspectiva, la nación y el sentimiento nacional están ya puestos desde un comienzo, y sólo se trata de rastrear su génesis y manifestaciones tan atrás en el tiempo como sea posible. Es esta forma de enfocar el movimiento de independencia la que ha facilitado la confusión de interpretar cada expresión antihispana ocurrida en una región del imperio colonial como un rasgo nacional de una de las naciones que habría de constituirse allí.

Nuestro criterio consiste en considerar como un resultado, y no como un punto de partida, no sólo esa organización estatal tan tardíamente alcanzada (habitualmente denominada, con significativa incoherencia, organización nacional) sino la existencia misma de las nuevas nacionalidades. Esto es, contemplar el proceso de formación de éstas y de sus correspondientes organizaciones estatales, eludiendo el efecto deformador del supuesto de considerar lo nacional como coexistente o anterior a la Independencia. Este supuesto deriva de toda una tradición historiográfica que, desde el siglo pasado, y en su afán de contribuir a la formación de la conciencia nacional de los nuevos paises, consideró conveniente postular la existencia ab initio de esa conciencia, y explicar el proceso de emancipación como fruto de ella. Pues, a partir de allí, los juicios sobre las tendencias del sentimiento colectivo a afirmar realidades sociales distintas de la nacional (geográficamente más amplias sudamericana, o más restringidas, provincial) no podían menos que ser víctimas de la distorsión derivada de esa perspectiva.

El análisis de los textos constitucionales provinciales, desde el santafesino de 1819 en adelante, entendidos como indicadores del estado de la conciencia pública en cada provincia, nos permite arribar a ciertas conclusiones. En primer lugar que la definición de una identidad colectiva rioplatense o argentina está ausente en varias de ellas, mientras que en otras aparece conjuntamente a la provincial y a la hispanoamericana. En segundo lugar, que la más fuerte de estas variantes es la limitada al ámbito de la provincia, a la que se reserva la ciudadanía en varios casos y, en casi todas, el ejercicio del Poder Ejecutivo. En cuanto al sentimiento americano, inicialmente el más fuerte -fenómeno comprensible si se piensa que la primera forma en que un súbdito de la monarquía española nacido en América pudo pensarse a sí mismo como algo distinto del español peninsular fue bajo la especie del español americano- si bien en algunos casos continúa siendo una alternativa, en otros declina o desaparece. Hacia 1820 el sentimiento provincial ya se conforma como la más fuerte de las tres variantes. Es posible interpretar este fenómeno como expresión de un proceso de paulatino fortalecimiento del particularismo provincial, en la medida en que el fracaso del primer ciclo de intentos constitucionales para dotar de una unidad política a los “pueblos” reunidos en la afirmación de la Independencia, no parecía dejar otra alternativa, ante la necesidad de organizar un orden social viable que permitiera reconstruir las economías, el orden jurídico, y la vida social regular, que la conformada por la sociedad y el estado provinciales.

En esta perspectiva, la formación de una identidad provincial puede ser considerada una variante del proceso de formación de identidades nacionales, variante alternativa a la argentina. Las provincias rioplatenses, incluida la de Buenos Aires, sufrirán así, contemporáneamente, el efecto de una tendencia a confluir en un estado supraprovincial (el futuro estado nacional argentino) y de otra dirigida a autonomizar políticamente el estado provincial. Esta tendencia, al menos de hecho, prevalecería en varias de estas provincias durante distintos momentos del período y contribuyó a la formación de nuevos estados independientes (Paraguay, Uruguay), a intentos de segregación (las llamadas tendencias ”centrífugas” obrantes en Cuyo, el Noroeste y el Litoral) para unirse a países vecinos, o a la autonomía de varios estados provinciales. Se trata de variantes de un proceso histórico que, al mismo tiempo, continuaba elaborando la identidad argentina.

Por otra parte, si volvemos a situarnos en los años inmediatamente posteriores a la Independencia, el análisis de los primeros textos constitucionales argentinos nos mostrará el desconcierto en que se encontraba entonces el sentimiento público de los sectores dirigentes. Las referencias al cuerpo político que se intentaba organizar son variadas y confusas. Los vocablos Estado y Nación suelen aparecer sin atribución precisa. En el primer caso, se suelen efectuar referencias a las unidades políticas que se reúnen para darle nacimiento: los pueblos, entendiendo por tales los provinciales, las ciudades, las provincias, son expresiones utilizadas indistintamente con tal propósito. Es cierto que esta ambigüedad proviene del complejo problema de definir no sólo el origen y forma del poder que debía suplantar al de la monarquía, sino, al mismo tiempo, la naturaleza y los alcances territoriales del nuevo país. Pero también es cierto que no hay nada que traduzca la existencia de un sentimiento de unidad colectiva que supere el ámbito provincial, pasible de ser invocado como fuente de la representatividad que se arrogan los nuevo gobernantes y, consecuentemente, como fuente de la soberanía que debía ser fundamento del nuevo estado.

Nadie tradujo mejor que Mariano Moreno esta coexistencia de la voluntad de constituir una nueva nación, por una parte, y la inexistencia de una nacionalidad en la cual basarse, por otra. En los comienzos mismos de la Independencia (octubre y noviembre de 1810) considera la posibilidad de una unidad americana, pero afirma la conveniencia de una solución más restringida, basada en la existencia de lazos entre algunas provincias, derivados de la “antigüedad de íntimas relaciones”, con evidente referencia a los que unían a Buenos Aires y otras rioplatenses. Todo el texto, en cuanto se propone como problema el de decidir qué extensión geográfica podía tener un nuevo estado en la América española, y en cuanto su visión de los nexos posibles no va más allá de esa vaga referencia a provincias a las que la antigüedad de aquellos lazos ”han hecho inseparables”, confirma la imagen de la Independencia de las colonias ibéricas como un efecto del derrumbe metropolitano más que de una maduración interna.

Pero pocos documentos expresarían el real estado de incipiente formación de una identidad política como lo hicieron el “Acta de la Independencia” (9 de julio de 1816) y el ”Manifiesto” del Congreso Constituyente (25 de octubre de 1817). El Acta utiliza la expresión ”Provincias Unidas” para denominar a la entidad política representada en el Congreso. Y lo que sigue inmediatamente indica en realidad que la Nación no sólo se constituye, en el sentido de darse un documento político organizador del estado, sino que se origina en esa voluntad colectiva, de las provincias reunidas, de considerarse a sí mismas una Nación. Lo que traducen estos textos es la decisión de constituir la nueva nación, sin invocar ninguna nacionalidad o nación preexistente. Lo que preexiste son las provincias, a veces denominadas ”pueblos”, que conocían sí otro tipo de antecedente nacional, el de la nación española. Estamos, entonces, ante un uso del vocablo nación como ”sujeto de imputación de la soberanía”, pero no como denotando la existencia previa de una nacionalidad o de una nación como entidad histórico-cultural.

Existe sí, en estos textos, un “nosotros”, una expresión de identidad colectiva, opuesta a lo español que ha quedado atrás, pero que en lugar de ser manifestación de una nacionalidad rioplatense es una conciencia de solidaridad americana, elaborada durante la colonia y desarrollada, a la vez que modificada, durante las luchas por la Independencia. Las provincias reunidas en el Congreso compartían formas culturales cuyo carácter distintivo con respecto a otras regiones hispanoamericanas no era en realidad intenso. Por eso el “nosotros” (que aparece reiteradamente en el Manifiesto del año siguiente al de la Independencia) sigue siendo fuertemente hispanoamericano. Mientras tanto, con una proyección menos amplia, se iría conformando la otra vertiente de identidad política, basada en el sentimiento lugareño, la identidad provincial. Pese a esto, la decisión política de conformar un nuevo estado dentro de los límites del antiguo Virreinato del Río de la Plata, se acompañaba ya de un conjunto de experiencias históricas que habrían de reforzar el incipiente sentimiento argentino.

La observación de la forma en que se difunde el uso de los vocablos Argentina y argentino, y de la acepción que se les daba, permite explicar también esta indefinición de la identidad política que señalamos. El adjetivo argentino, con el valor de “rioplatense”, es usado inicialmente, a comienzos del siglo XVII, por Martín del Barco Centenera, quien asimismo sustantiva el adjetivo para designar al río y al país. Hasta comienzos del siglo XIX el adjetivo es frecuente en la poesía, al igual que el sustantivo, usado como nombre poético de la tierra, pero con un sentido distinto del actual, pues incluye a los españoles y excluye a las castas. Se aplica sólo a los habitantes de Buenos Aires y su zona de control administrativo, fueran o no nacidos allí. Antes de 1810 no había un término especial para designar a los nativos del Río de la Plata, cuyos habitantes se distinguían por el color o por su condición étnica. La denominación de blanco o español comprendía una minoría de españoles europeos y una mayoría de españoles americanos o criollos. Signo de que aún no se registra una identidad colectiva de ámbito rioplatense es que cuando se sienta la necesidad de diferenciar al nativo del español peninsular, la denominación preferida será la de americano, o alguna de sus variantes. Será necesario el proceso de luchas abierto por la independencia para que, posteriormente, se redefina el uso de argentino, tendiendo a denominar a todos los nativos del futuro territorio argentino.

Tampoco se registra el uso del nombre argentino, en el sentido que tendrá posteriormente, en la literatura popular. Bartolomé Hidalgo usa varios términos para designar a los patriotas (porteño, salteño, oriental, americano…) pero no argentino. Asimismo emplea Provincias pero no Provincias Argentinas. Recién en 1830 aparece la expresión en el Arriero Argentino, que publica Ascasubi en Montevideo. Luego su difusión en artículos u hojas volantes lo incorpora al habla común y a la legislación. Y aunque la guerra de la Independencia hace que las tropas lleven el término argentino hasta Junín y Ayacucho, éste no logrará exclusividad hasta mucho más tarde.

Nuestra conclusión es que, pese a que toda una tradición historiográfica tienda a verlo en forma distinta, los orígenes de la nación argentina no se derivan de un desarrollo espontáneo de una nacionalidad preexistente, sino de un largo proceso de elaboración de esa nacionalidad, en su mayor parte posterior a la Independencia. El apego a esa tradición explicaría el escaso interés concedido al significado de la escisión del sentimiento colectivo en esas tres formas de identidad política, de las cuales la rioplatense o argentina sería inicialmente la más débil, y su posterior preeminencia fruto de un largo y accidentado proceso. Consideramos necesario sustituir esa perspectiva por otra que enfoque el surgimiento y desarrollo de esas tres vertientes del sentimiento colectivo, y de las distintas formas en que se vincularon, como indicadores, especialmente por su misma coexistencia, de la falta de una nacionalidad definida hacia 1810; así como, más mediatamente, de la inexistencia de una unidad social y política, de un país, en suma, mayor que el contenido en los límites provinciales. Perspectiva que, entonces, no nos lleve a distorsionar la visión de los estados provinciales, y de los fenómenos políticos habitualmente vinculados a ellos, por esa deformación que deriva de postular una nación en los comienzos del proceso; que no reduzca, en suma, las manifestaciones de afirmación de las “autonomías provinciales” a accidentes secundarios de la organización del estado nacional.

El núcleo de la dificultad radica en que comúnmente se tiende a asociar la afirmación política de una comunidad nacional a la previa existencia de una definida realidad cultural de la cual seria derivación necesaria. El conjunto, entonces, de una comunidad con definida personalidad cultural, de un sentimiento de pertenencia entre sus miembros y de una aspiración a añadir a esa comunidad una presencia política inpendiente en el conjunto de naciones, sería un generalizado presupuesto de los estudios de la formación de las naciones latinoamericanas. Sin embargo, ese presupuesto no por más frecuente resulta menos dudoso a la luz de los avances de la historiografía reciente. Como ha sido observado para el caso de la formación de naciones europeas durante el siglo XIX -siglo de “fabricación de naciones”-, esos elementos no han estado necesariamente vinculados a lo largo de la historia moderna. Es decir, que la existencia de un grupo humano con una definida personalidad cultural no siempre generó la necesaria existencia de una Nación y un Estado nacional, así como surgieron Estados y Naciones comprensivos de variados grupos étnicos.

En el caso argentino -y no es desatinado agregar que esto puede tener validez para toda Hispanoamérica- el proceso abierto en la primera mitad del siglo pasado muestra que la formación de la nueva nación es también un producto de la historia del período y no la traducción de anteriores formas primarias del sentimiento de identidad colectiva. Producto, en suma, de un proceso de construcción no sólo de las formas de organización política, sino también de la correspondiente identidad nacional.

José C. Chiaramonte
Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr.Emilio Ravignani”
Universidad de Buenos Aires-CONICET

De la publicación http://www.cienciahoy.org.ar/hoy02/origenes1.htm


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