1-1Nora Rodríguez es escritora, educadora y conferenciante internacional en pedagogía e innovación. Además, es la directora del proyecto Happy Schools Institute. Neurociencias y educación para la Paz, y precisamente hemos hablado con ella sobre este concepto de Educar para la Paz (que, además, es el título de su último libro), y de cómo enseñar a los niños a ser felices.

  • ¿A qué te refieres con “educar para la paz”?

A que no se trata solo de pensar qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos (como el hecho de que no sabemos a dónde nos llevará la tecnología…), sino ser conscientes de que la tecnología no les hace felices y que podemos impedir que se desarrollen en una atmósfera de desconexión humana, en la que el bienestar del grupo les resulte indiferente. Educar para la Paz es estar en paz con nosotros mismos, con nuestra familia; es tener una vida significativa.

  • ¿Crees que los niños, en general, son felices?

Creo que hay una idea generalizada de que los niños son felices por el simple hecho de serlo, pero se desconoce cómo enseñarles a serlo. Sabemos que juegan menos tiempo al aire libre de lo que realmente necesitan. También, que desde edades muy tempranas se ponen en sus manos artilugios que no pesan ni huelen sin otro estímulo que sonido e imagen, y que antes de los 9 años no beneficia el cerebro como lo hace una sonrisa, un gesto de complicidad, tratarlos con empatía, enseñarles el bienestar que sienten al ayudar a otros, o dejar que fluyan libres sus dibujos… Creo que más que nunca urge que los adultos aprendan cómo enseñar a los niños a ser felices, de hecho, somos la única especie que puede hacerlo. Despertemos en ellos aquello para lo que el cerebro social de los seres humanos viene preparado, como el altruismo y la generosidad.

  • ¿Cómo podemos lograr la felicidad responsable de la que tú hablas en el libro? ¿Nos podrías dar algunas claves?

La clave de la felicidad responsable está en que experimenten emociones sociales positivas y contacten con su potencial interior. Así tendrán más dopamina en el cerebro, y ese estado de felicidad, que tiene en cuenta el bienestar de los demás, les durará más que si se les compra un juguete de última generación que han deseado durante un año. Esa felicidad que integra el bien de los demás proporciona una sensación de libertad que les permite a los niños estar más conectados consigo mismos y con la Naturaleza, les permite más Karuna, como llaman en Japón a las situaciones que conmueven emocionalmente, en las que lo fascinante no es solo la situación en sí, sino el contagio emocional que promueve y cómo cada niño saca lo mejor de sí.

El cerebro humano cuenta con un sistema que nos predispone hacia los demás, incluso para ayudar a personas que no conocemos de nada, pero pocas veces o nunca se tiene en cuenta que, desde edades muy tempranas, a los seres humanos nos proporciona un gran bienestar ayudar a otros.

  • ¿Cómo podemos hacer para que no sea solo una felicidad inmediata?

Dejemos de enseñarles que para sobrevivir hay que ser el más fuerte o el más listo, porque entonces los estaremos empujando a que busquen la felicidad que dura poco, que dependa de estímulos intensos y efímeros, y que se sostiene con bienes materiales y el éxito fácil. Enseñémosles a ayudar, desde bebés nos hace felices ayudar a otros. Cuando un niño ayuda otro, el que recibe se siente bien, pero mejor se siente quien da.

  • Dices que desde bebés nos hace felices ayudar a otros. ¿Cómo explicas eso con la idea de que somos egoístas por naturaleza?

Personalmente he visto muchas veces cómo los niños de quince meses (generalmente de un modo natural) se ayudan unos a otros, o cómo uno de ellos es capaz de partir en dos una única galleta para compartirla. Y las neurociencias ya han demostrado que los seres humanos somos altruistas por naturaleza con tan solo 18 meses de vida. Un ejemplo son los niños de entre uno y dos años que se acercan a aquellos de su edad que lloran desconsoladamente el primer día de guardería y le abrazan o le acarician la cara en un acto de increíble empatía.

Las investigaciones confirman que a los dos años, cuando los niños empiezan a formar oraciones de dos palabras, ya son conscientes de que pueden ser juzgados por otros (hasta ahora se creía que eso ocurría a partir de los 4 o 5 años). ¿De dónde viene la mala fama que asegura que los niños son terriblemente egoístas? Al parecer, se debe a que los niños, vistos desde la psicología del comportamiento, fueron más definidos por aquello de lo que carecían que por las aptitudes con las que contaban. Hoy sabemos que la evolución ha diseñado nuestros cerebros para adaptarnos, para interactuar y para conectar con otros desde la bondad.

  • ¿Por qué es tan importante el sentido de pertenencia?

Los niños necesitan más que nunca desarrollar el sentido de pertenencia, necesitan sentir que forman parte de un grupo, porque en una sociedad global, a medida que crezcan, no tendrán otra opción que experimentar múltiples pertenencias. Esto es en gran medida lo que les va a permitir encajar en el mundo. Así que tenemos que darles la posibilidad de que perciban que desde esos lugares podrán ser agentes de cambio.

Esta es la verdadera innovación educativa que llevamos a cabo desde Happy Schools Institute. Neurociencias y educación para la Paz, para que las nuevas generaciones se perciban “happiners”, que aprendan a realizar micro movimientos transformadores y que sepan que, al potenciar la empatía, la compasión, el agradecimiento, el entusiasmo, o la generosidad, pueden cambiar lo que no les gusta. Este es el único modo de entender la verdadera innovación, para una nueva pedagogía de la felicidad responsable y una nueva escuela.

  • ¿Qué pueden hacer los adultos para descubrir las fortalezas de sus hijos y que estos las conozcan?

Proporcionarles situaciones para que las experimenten por sí mismos. Aunque para muchos parezca sorprendente, desde los 3 años los niños muestran una gran capacidad para resolver situaciones personales y una gran persistencia para encontrar soluciones. A esta edad les gusta ser amables y hacen micro gestos para que otros niños se sientan bien.

  • Hablas de la generosidad. ¿La fomentamos lo suficiente? ¿Qué pueden hacer las madres y padres para fomentar la generosidad de sus hijos y, por otra parte, los profesores, para fomentarla en el colegio?

Es interesante enseñarles a ser generosos, y que aprendan poco a poco que la generosidad es espontánea, y que no siempre se refiere a cosas materiales. Puede tratarse de compartir juegos, sueños, ideas… Y hay algunas ideas básicas, como que es tan positivo dar como aprender a recibir, y decidir de quién, en qué situación, y cómo. Y que es muy saludable reconocer los méritos de quien da, porque eso es también un acto de generosidad. Se trata de ayudarles a comprender que un acto generoso es igual a decirle a la otra persona “me importas”.

En las aulas, la generosidad se fomenta mediante el intercambio de favores. Se pide a los niños que piensen qué cosa les resulta fácil de hacer y que crean que pueden compartir (como tener más facilidad para aprender una asignatura o una habilidad, por ejemplo, para inventar o crear, o una destreza para un determinado deporte), y el objetivo es hacerlo, al menos, dos veces por semana. Después de cuatro meses, es fácil observar una mejora del grupo debido a que se inspiran unos a otros porque valoran lo que cada uno puede aportar.

  • Nos gusta mucho el concepto de la parentalidad positiva. ¿Nos lo puedes explicar brevemente y dar los ingredientes básicos para motivarla?

Es saber que cada vez que un hijo hace algo inadecuado (por ejemplo, imagina que ha faltado el respeto o ha contestado mal, o cuando te llama la directora del colegio para pedirte que vayas a hablar con ella), la opción de dejarlos fuera de juego no les ayuda en absoluto. Esos son momentos ideales para ayudarles a progresar, porque es ahí donde se ejerce la parentalidad positiva, de un modo importante y con sentido. Implica detenerse un instante y preguntarse: ¿Qué deseo de verdad para mi hijo? ¿Qué cualidades espero que desarrolle? Y es ahí donde podemos convertir una experiencia negativa en una experiencia que desarrolle no solo el cerebro de cada uno de los niños, sino también su carácter y sus aptitudes para relacionarse. Echar mano a la pedagogía de la felicidad responsable.

Fuente: gestionandohijos.com

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